Misa con joropo recio por el comandante Chávez

28 DE FEBRERO DEL 2014. EXPOSICIÓN EN HONOR A HUGO CHAVEZ EN LA CASA DE LA CUL

Por: Roberto Aguilar.-La embajada de Venezuela y el ministerio de Relaciones Exteriores rindieron homenaje a Hugo Chávez en el primer aniversario de su muerte.

Teatro lleno. Banderas rojas y verdes. Juventudes. Cantos litúrgicos: preces, oblaciones, ditirambos. Homilías. Catecismo. El santoral revolucionario marca el primer aniversario de “la partida física” de Hugo Chávez Frías, y los fieles del Ecuador –en apego estricto al precepto que manda santificar las fiestas– le ofrecen un Tedeum. “Comandante eterno”, está escrito con tipografía Century Gothic extra bold de 1 500 o más puntos en el panel desmontable instalado en el vestíbulo del Teatro Nacional de la Casa de la Cultura. “Comandante eterno”, repite tres veces María de Lourdes Urbaneja, embajadora de la República Bolivariana de Venezuela. “Gigante invicto”, “Ganador de mil batallas”, líder de “amor infinito” y de “huella imborrable”… Desde que murió el Comandante, Simón Bolívar sobra. Al menos en la retórica.

La ceremonia tiene título: Por aquí pasó Chávez. Sembrando, dice la embajadora. En los paneles del vestíbulo, una exposición fotográfica documenta las visitas del Comandante al Ecuador y da testimonio de esa fértil trayectoria: primeras piedras, inauguraciones, acuerdos de cooperación… Pero sobre todo discursos, actos de masas, liturgias de la Palabra.

Adentro, militantes traídos de provincias y enardecidos universitarios ocupan las 2 000 localidades. Boinas y camisetas rojas como en una función de Aló Presidente. Botas guerrilleras, chaquetas verde oliva. Shigras, alpargatas, camisas de Zuleta… Muy vistoso el guardarropa, pero aquí no están completos: del ala chavista del correísmo faltan los más ruidosos; de los que se juntaron en la casa de Guayasamín para rezar por la salud del Comandante cuando agonizaba, apenas sí queda Raúl Pérez Torres, presidente de la Casa de la Cultura, que esta vez funge de anfitrión y ocupa uno de los puestos en la mesa directiva. Por no llegar, no ha llegado ni Ricardo Patiño, el canciller. Es “porque acaba de ser abuelo”, justifica su viceministro, Leonardo Arízaga. “Es la única razón por la que no está aquí”, insiste, subrayando las palabras “la única razón”, con acentuación que podría resultar sospechosa para cualquier público que no sea este, en cualquier lugar que no fuera aquí.

Aquí solo se mira hacia adelante, hacia el futuro luminoso. El correísmo acaba de perder las ciudades principales, el ala izquierda del partido de Gobierno está de capa caída, el presidente ha hablado de sectarios y en este mismo instante, en Carondelet, se reúne el Gabinete de ministros para ver quién queda, lo cual puede explicar algunas ausencias. Pero aquí se grita Chávez-vive-vive-la-lucha-sigue-sigue. No hay tiempo para sutilezas cuando la espada de Bolívar camina por América Latina.

Entre Pérez Torres y el viceministro, la presidenta de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira, guarda silencio y asiente con energía cada exceso retórico de los oradores de turno. No dirá palabra en toda la noche. Hablará, sí, a través del video apologético con que se abre la ceremonia a la hora señalada. Por aquí paso Chávez y su legado, dirá, consiste en haber “desafiado el sistema capitalista”. Otras voces se juntan a la suya a dos pantallas: su legado “es un ejemplo de lealtad y honradez” (Juan Paz y Miño, historiador); es habernos enseñado que “la revolución tiene que perder el miedo de enfrentarse a los grandes” (María Augusta Calle, asambleísta); es “un legado de antiimperialismo” (Francisco Herrera Arauz, periodista); es “su característica visionaria” (Diego Vintimilla, asambleísta y líder de las juventudes comunistas, cuyos seguidores ahogan sus palabras entre aplausos).

“Unidad, lucha, batalla, victoria”. La embajadora Urbaneja toca a rebato. Su país, dice, enfrenta “la más terrible guerra económica que se haya visto en nuestro continente”, lo cual explica, sin duda, la falta de papel higiénico en los supermercados. Dice “desestabilización”, “conspiración”, “poderes imperiales”, “fascistas”, “lacayos”… Explica que su comandante “no se quedó en el mero legalismo de la democracia participativa” y reivindica su revolución como “bolivariana, socialista, feminista”.

–No faltará quienes traten de aprovechar las circunstancias adversas –proclama en un repentino giro dramático de su discurso–.

–¡Oirás, Rodas! –grita fuerte y claro un militante desde la galería del teatro–. ¡Oirás, aventurero Rodas!

Ahora un trío de estudiantes comunistas, vestidos de verde oliva estricto, se acercan al podio de los oradores para “deleitar al público”, dicen, con la lectura de un poema de Mario Benedetti: “Si escribe Reforma Agraria / Pero solo en el papel / Mire que si el pueblo avanza / La tierra viene con él”. No, no es una velada crítica al correísmo y su promesa incumplida de hacer una “revolución agraria”, es la letra del poema, no más, ya no es culpa. “Y límpiese bien la boca si dice revolución”, terminan, y el público no se deleita: enloquece.

El viceministro Arízaga acaba de regresar de Venezuela, en donde sirvió como embajador, y puede asegurar que lo que dice la prensa sobre la situación de ese país es una gran mentira. En realidad, “la Revolución Bolivariana tiene un inmenso respaldo popular”, “había alimentos en los supermercados” y “podíamos ir al parque a jugar con los niños”. En fin, un paraíso. Y lo que es más importante: “Esa Venezuela de todos no va a regresar al pasado”.

 –¡Oirás, Rodas! –insiste la misma voz desde la galería–.

–Hemos convocado al entendimiento entre los venezolanos –continúa el viceministro.

–¡Entendimiento con Capriles no! ¡Oye! –corrige el entusiasta. Y concluye: –¡Capriles-Rodas!

“Estaremos con la Venezuela de Chávez y Maduro”, promete el Viceministro. Y dirige las barras:

–¡Chávez vive!

–¡La lucha sigue!

Concluye con un golpe de puño desafiante lanzado al aire con energía revolucionaria y replicado con idéntico gesto por el público enardecido.

Llena de emociones estuvo la ceremonia. Cuando los estudiantes cantan aquello de Chávez-vive-vive, es como si el alma se les saliera por la boca. Las gargantas se esfuerzan hasta el límite de sus posibilidades y las banderas tiemblan en sus manos. En los rostros se adivina el éxtasis del momento.

Pero el clímax emocional, sin duda, lo trajeron las dos pantallas de video. Ahí, en imágenes al parecer extractadas de algún capítulo innominado de la interminable saga Aló presidente, el Comandante canta. “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. Los miembros de las juventudes reconocen –porque la primera obligación del militante es dominar el repertorio– la mítica canción del mítico Alí primera. Se les pone la carne de gallina. El Comandante canta a capela, con su voz ronca y sonora, y un impulso eléctrico casi visible recorre las localidades del teatro. Un coro de gruesas voces se levanta para acompañarlo en la parte de la canción que se saben y es como si el cielo se desmoronara sobre las 2 000 cabezas, tal como temía Abraracurcix, el jefe galo, cada vez que Asuranceturix pulsaba la lira. El Comandante canta y es un placer infinito oírlo, y el mensaje de su canción toca las fibras más sensibles del alma de los militantes.

Y mientras Chávez canta, un grupo de mozos vestidos de llaneros, de blanco inmaculado con pañuelo rojo al cinto, ingresan por ambos costados del escenario y ejecutan una complicada coreografía con las banderas del continente.

“Que para amanecer / no hacen falta gallinas / sino cantares de gallo”, concluye su interpretación el Comandante. Vivo ejemplo de la revolución feminista de la que hablaba la embajadora.

Por supuesto, hay más música en la ceremonia. Y no, no se trata de Venceremos, El pueblo Unido jamás será vencido o Patria, tierra sagrada… Esta misa tiene su santo titular, y a él tienen que referirse todos los pasos litúrgicos. Es la hora del joropo recio, el género preferido por el Comandante. Un grupo de jóvenes músicos venezolanos especialmente traídos para la ocasión –no se sabe si por la embajada venezolana o por el Gobierno ecuatoriano, pues ambos se confunden como priostes– pulsa el cuatro y el arpa, sacude las maracas, despacha la bravía música llanera.

Dos niños bailan. Un cantante robusto, de rostro ovalado y regordete, viva imagen de Hugo Chávez –pero esto no puede ser sino una coincidencia– se adueña del micrófono. El público vuelve a enloquecer.

Es el fin de la misa. Uno tras otro se desgranan los joropos y los personajes de la mesa directiva se retiran discretamente, cediendo el protagonismo a los intérpretes. A Gabriela Rivadeneira le cuesta salir: ni bien pone un pie fuera del escenario, se ve invadida por multitudes de devotos que buscan tomarse una foto con ella. Accede sin mayor entusiasmo. Está apurada. Quizás a esta hora ya terminó la reunión de gabinete.

El clímax emocional de la misa chavista  llega cuando el Comandante canta

 

http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/misa-con-joropo-recio-por-el-comandante-chavez-601865.html

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