En defensa de la U. Central

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Por: María Helena Barrera-Agarwal*

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¿Cuánto le debe el Ecuador a su universidad más antigua, la Central? Esa pregunta, que hasta hace poco habría podido pensarse puramente retórica, posee en estos días una relevancia inesperada. Es de conocimiento público el riesgo al que está sujeto el futuro y la existencia misma de esa casa de estudios. De concretarse tal peligro, podríamos hallarnos ante una pérdida sin precedentes en la historia del país: la ruina, provocada e inexplicable, de una gran institución perfectamente viable.

Incontables son los nombres ilustres de quienes han pasado por sus aulas. Entre ellos se cuentan personajes pertenecientes a toda ideología, clase social y lealtad política. Igualmente numerosos son los profesores de distinción que formaron y forman universitarios con honestidad intelectual y rigor profesional. La Universidad no cesó jamás de contribuir al progreso de la nación, generación tras generación, aún si en ocasiones lo hizo bajo condiciones poco auspiciosas que limitaban su eficiencia.

Parece que esa contribución se ha olvidado. Un cuestionable espíritu de refundación no reconoce el mérito de los cimientos en los que reposa lo mucho de loable que en el Ecuador ha sido. Incluso el ineluctable avanzar de la edad se ha convertido en un crimen merecedor de sanción. Luego de asolar otros ámbitos, tal medida se implementa ahora en la Central: se expulsa a los maestros que hayan cumplido los 70 años, se declara que su experiencia, sus conocimientos, en no pocos casos su obvia sabiduría, no merecen espacio alguno.

Esa disposición, por su impacto masivo, puede provocar el cierre de un porcentaje sustancial de cursos. A ello se agrega la imposibilidad de contratar profesores que llenen esas vacantes, por dificultades económicas y por el requerimiento de obtener enseñantes con título de Ph.D. para todas las carreras. Es una situación imposible. Si no se rectifica, podría constituirse en mortal para la Central.

¿Es justo, es necesario que se actúe de tal modo? La respuesta debería ser evidente. Lo es para mí, no solo en aplicación del sentido común, sino por acendrada gratitud. Como tantos otros, mi padre llegó a las aulas de la Central siendo un joven de pocos recursos, que había ahorrado, trabajando en el campo, el dinero que emplearía para estudiar en la capital. Bajo la guía de profesores de la talla de José David Paltán, adquirió así la profesión que luego ejercería con distinción por 40 años, recordando siempre con lealtad a su Universidad.

La Central es también mi Alma Máter. Debo a ella la firme base académica que me permitió luego obtener títulos universitarios en Europa y en los Estados Unidos. Mi historia, como la de mi padre, no es única. Es hora de que los muchos ecuatorianos que poseen similar deuda de gratitud con la Universidad Central dejen oír su voz. No aceptemos en silencio la destrucción de un legado que puede y debe ser también el de nuestros hijos.

*Ensayista e investigadora de la literatura ecuatoriana

Fuente http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/en-defensa-de-la-u-central-579156.html

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