Édison Cosíos, la historia de un sobreviviente y su familia

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Por: Juan Tibanlombo

Editor General

Un equipo de médicos del ministerio de salud revisará el caso

Desde junio la familia comenzó a notar cambios. El joven estudiante del colegio Mejía libra junto a su familia una lucha por sobrevivir, en una casa al suroriente de Quito. Comenzó a reír y a dar signos de motricidad.

Édison, hola mi amor cómo estás. Hoy es jueves y son las siete de la mañana. Mira que bonito está el día, hace mucho sol. Eso es lo que Vilma Pineda repite cada mañana, al abrir las cortinas del cuarto de su hijo, durante ya un año y ocho meses, al despertarse, en una casa que se construyó mientras ella vivía como zombie en el hospital, primero el Eugenio Espejo y luego el de los Valles de Cumbayá, donde fue intervenido en cinco ocasiones. El 65% de su cerebro sufrió daños que los médicos consideraban irreparables, al ser impactado por una bomba lacrimógena la mañana del 15 de septiembre de 2011, hace 793 días exactamente.

Los recuerdos siguen intactos tanto en Vilma, una extrabajadora de una empresa textil, y Manuel, el padre de Édison. Ella recuerda claramente esa mañana del 15 de septiembre de 2011; salió de casa con Édison y lo acompañó en el bus hasta la Villa Flora. Hacía un frío impresionante, por eso llevaba unos guantes. Cuando se bajó del bus se dio cuenta de que faltaba uno y le llamó para pedirle que se cerciorara si estaba en su puesto. Ahí estaba, lo encontró cuando le entregaron la mochila.

Manuel, que perdió su empleo de chofer por pasar tanto tiempo junto a su hijo en el hospital, también recuerda ese día como si fuera ayer. El día anterior, un miércoles, llegó a Quito un familiar de Loja para comprar una buseta. Su papá organizó una comida para celebrar y fue con Edison. Fue la última vez que lo vio bromear con las historias del abuelo. Le encantaba hacerlo hablar y remedar sus bailes.

Fue Manuel el que al día siguiente recibió la llamada del hospital y llamó a Vilma, los dos llegaron casi al mismo tiempo. Vilma recuerda haber visto a los compañeros de su hijo sentados en la sala de espera, en el área de emergencias del Eugenio Espejo. No quiso preguntar nada, quería verlo a él, al tercero de sus hijos, al chico que bautizó Édison por un libro que siempre veía en su casa. Era la biografía de Thomas Edison, el empresario y prolífico inventor estadounidense que patentó más de mil cosas, desde el fonógrafo hasta el dictófono.

Pasó de largo y cuando lo vio no lo soportó. Todavía recuerda como tenía la cabeza cubierta de vendas y la sangre todavía chorreando. La sangre caía. Fue un shock tan fuerte que debió ser atendida en una sala conjunta.

Fue como si una larga noche llegara a sus vidas. Por eso los recuerdos son tan nítidos, sobre todo ese viaje que hicieron en agosto de 2011 primero a Machala, después a Zaruma. Manuel recuerda esa foto que Édison hizo de un amanecer en Piñas, los colores, los contrastes… Vilma recuerda esa peregrinación con su familia completa con la Churona desde Catamayo hasta Loja.

Y son los recuerdos los que mantienen viva la esperanza de recuperar a Édison y esa fe es más fuerte desde junio. Fue a comienzos de ese mes, cuando Édison cumplió 19 años y casi dos años en estado vegetativo, que Vilma recuperó algo de su alegría. No la calma. Sí algo de su alegría y de su esperanza. Fue una mañana, no recuerda el día pero lo tiene anotado en un cuaderno, donde va apuntando los hechos realmente importantes: una sonrisa, un leve movimiento, alguna señal que delate vida.

Esa mañana ella estaba en una cabecera de la cama y la enfermera al frente. Fue una conversación que salió a propósito de una pregunta espontánea. La enfermera quería saber si a Édison le gustaba bailar. Vilma le contó que ninguno de sus tres hijos había salido bailarín. Que los tres: Andrés, Andrea y Édison solo bailaban en las fiestas familiares porque ya no les queda más remedio. Y ahí Vilma comenzó a recordar que la excepción en esas fiestas era Edison. Porque una de sus bromas favoritas  era imitar a todos, sobre todo el abuelo al que le encantaba bailar la música tradicional ecuatoriana.

“Para él era toda una fiesta remedarle al abuelito en una reunión y le hacia bailar”.

Y fue ahí cuando la enfermera le hizo notar que Édison reía, algo que no veía ni soñaba ver desde el 15 de septiembre de 2011 ni desde marzo del año pasado cuando los médicos le aconsejaban llevarlo a la casa para que pase sus últimos días ahí. Vilma recuerda eso todavía con dolor y rabia. Para qué pendejadas hacen todo esto si dicen que mi hijo se va a morir, dijo en voz alta una noche que llegó a su casa y vio listo el piso construido por el Ministerio de Vivienda para recibir a Édison.

Era un piso blanco que lo cambio por completo, lo pintó con colores pasteles, porque si de algo estaba segura era que llevaba a la casa a su hijo y no que llevaba el hospital a la casa.

Por eso esa mañana de junio fue tan importante en su vida, por eso lo cuenta con tanta emoción. Lo vio reír. Una leve sonrisa fue celebrada como la mayor victoria. Pero no sería la única. Vilma telefoneo a todo el que podía para anunciar la noticia, pese a que eso no volvió a pasar eso más en el día. Pero por la tarde, cuando las enfermeras cambiaban de turno la que se iba le dijo a la que llegaba: Sabes, con la novedad de que Édison se sonrió.

Y volvieron a hacer el recuento de cómo pasó todo y otra vez una sonrisa se dibujó en el rostro de Édison. Por la noche, cuando llegaron su esposo y sus hijos, todos escucharon incrédulos el recuento del día. Y Manuel Cosíos se sentó en su cabecera y comenzó a contarle nuevas anécdotas sobre el abuelo, sobre las novias que tenía, porque siendo viudo siempre se jactaba de ser un gran mujeriego. “Te acuerdas cómo bailaba Santa Rosa y San Ramón”, un muy popular sanjuanito. Y Édison volvió a sonreír.

La noticia debía ser conocida por el hacedor de lo que la familia creía un milagro. Manuel llamó a su papá y le contó todo.

Todos esos días la familia se dedicó a hablarle del abuelo, a repetirle las anécdotas. Y días después llegó el abuelo para contarle los tradicionales cachos, cuentos que volvieron a hacerle reír. Pero la familia no quería contentarse con eso. Pedía más.

Tres semanas después, con toda la familia reunida, su hermano Andrés, que estudia Ingeniería en Telecomunicaciones, le dijo: A ver huevoncito, porque no me haces lo que siempre me hacías. Y todos fijaron sus miradas en su rostro par ver si volvían a ver alguna señal de vida. Pero fue otra la que vieron, otra que despertó nuevas esperanzas. Édison levantaba el dedo del medio. La señal que siempre le hacía cuando le molestaba. Era como si hubiera vuelto del más allá, porque constataron otra vez q    ue el chico del colegio Mejía, que jugó ecuavoley hasta 2010 en la selección de su colegio, al que los médicos daban por muerto, que llegó con 26 kilos de peso a la casa en marzo de 2012 y ahora pesa 50 kilos, entendía todo lo que le decían.

Y ahí Vilma comenzó una nueva lucha, una  pelea dura como todas las que ha librado. Porque los médicos creían que estaba alucinando. Que tanto tiempo encerrada cuidando a su hijo, moviéndole cada dos horas para que no se escarche, velando su sueño en un sofacama junto a su cama, había causado eso. Eso lo supo cuando llegó Galo Hidrobo, un médico intensivista. Ella se había ido a la cocina y al regresar escuchó que le preguntaba a la enfermera si en realidad ocurría todo lo que le contaba la mamá. El médico agarró la mano de Édison y la enfermera le dijo: Édison te está saludando el doctor, apriétale la mano. Y él obedeció.

Vilma recuerda que vio al médico dándose contra la pared porque no lo podía creer. Pero fue tras la visita del presidente Rafael Correa que su historia comenzó a tener algo de crédito.

Esa visita la contó el Presidente en su enlace del 10 de agosto pasado. “Es un milagro lo que ha ocurrido, no se si se recuperará, pero al menos comparado con lo que vi un año atrás está mejor. Dicen que mueve el dedo meñique y lo mueve, que mueva el pulgar o el medio y lo mueve. Dicen está el Presidente y sonríe, dicen que apriete la mano y lo hace”. Vilma recuerda que esa visita es motivo de algarabía general en la familia porque a Édison es al único al que el Presidente no ha denunciado por alzar el dedo del medio.

¿Por qué no estaba enterado de esto? Preguntó el Presidente a la ministra Carina Vance, y ella le respondió que también recién se enteraba de esa noticia. Fue gracias a eso que el Ministerio de Salud envió a un neurólogo del Hospital Metropolitano, Eduardo Castro. Él les dijo que evidentemente el chico, que ya cumplió 19 años, no estaba en estado vegetativo sino en uno de conciencia inicial. No les dio falsas esperanzas, pero sí les aseguró que en el mundo de la neurología ocurren casos extraordinarios.

Y la nueva ilusión de Vilma, Manuel… de toda la familia Cosíos es ir el próximo año a la peregrinación de la Churona con Édison. Mientras tanto Manuel sigue extrañando a su compañero de los sábados en la cocina cuando, entre los dos, preparaban hasta 30 tamales, y Vilma sigue recordando ese gol que le dedicó un domingo en la liga barrial con su equipo el América, y toda la familia sigue extrañando ese seco de pollo que tan bien le quedaba porque decía que lo hacía con amor aunque su papa está seguro de que era porque siguió su consejo, cocinar siempre con una cuchara de palo.

http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/edison-cosios-la-historia-de-un-sobreviviente-y-su-familia-595188.html

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