Argentina camina hacia el ‘default’

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La evolución político-económica de Argentina ha empeorado de manera acelerada desde 2010. El deterioro de la economía crea un clima de enorme incertidumbre insoluble hasta la elección presidencial de 2015. Durante este interregno, la República Austral aborda un escenario de alto riesgo. Se cierne sobre ella la espada de Damocles de un default si no se adoptan profundas reformas estructurales y un severo ajuste presupuestario capaz de corregir los desequilibrios macroeconómicos del país. Ahora bien, esta tarea no se acometerá bajo la égida del actual Gobierno, enfrentado a un evidente declive político tras la derrota del Frente por la Victoria en los comicios del 27 de octubre. Por eso, el próximo bienio será dramático para la Argentina inmersa en un tormentoso fin de régimen.

El crecimiento del PIB argentino ha registrado un abrupto descenso. Ha caído del 8,9% en 2011 al 1,9% en 2012 y anotará, si se creen las previsiones gubernamentales, una modesta recuperación en 2013. Esto es consecuencia directa de una lamentable y distorsionadora política macro y microeconómica, y de la sobrevaluación artificial del peso cuyo negativo impacto sobre la actividad se ha visto agudizado por el comportamiento del entorno global. Por añadidura, la inflación se sitúa en el 25%. El Banco Central está monetizando una parte sustancial del déficit público, equivalente al 2% del PIB. Usa las reservas para cubrir los pagos de la deuda externa e inyecta dinero para financiar el incremento de los salarios. Este es el punto de partida para entrar en una dinámica hiperinflacionaria de libro.

Por otra parte, las necesidades de financiación de la deuda externa producen una rápida e intensa caída de las reservas y existe una brecha creciente entre el tipo de cambio oficial del dólar, 5,9/pesos, y el real, esto es, el del mercado negro, 9-10. Si el Gobierno se viese forzado a endeudarse en dólares para servir el pago de la deuda debería hacerlo a tasas de interés del 10%. La pregunta, con respuesta a priori negativa, es quién le prestará. Con un nivel de reservas declarado de 35 mil millones de dólares, el real se situaría entre 8 y 9.000 millones de dólares, y obligada a pagar 20.000 millones adicionales de dólares por intereses en los próximos dos años y con los mercados cerrados, Argentina está en el preámbulo de una suspensión de pagos cantada.

El déficit comercial ha tenido un efecto demoledor sobre la balanza de pagos por cuenta corriente que no se ha visto compensado por la entrada de capital exterior. El superávit de la cuenta de mercancías ha pasado de 13,5 miles de millones de dólares durante el período 2002-2010 a 10,5 entre 2011 y 2013 y con previsiones a la baja para los dos próximos ejercicios. Este descenso del saldo superavitario tiene su origen en la emergencia de un agujero energético de 3,8 miles de millones de dólares en los últimos tres años frente a un saldo positivo de 4,4 miles de millones de dólares entre 2002 y 2010. Este desequilibrio constituye un peligro creciente porque la economía no genera los recursos precisos para enjugarle y porque los mercados no se los van a proporcionar; otro acicate para el default.

El panorama se complica si el Gobierno argentino pierde en la Corte Suprema de los EEUU la apelación planteada ante ella por la decisión de la Cámara de Apelaciones de Nueva York. Esta obliga a Argentina a abonar a sus acreedores, los tendedores de bonos, la totalidad de las cantidades impagadas a raíz de la suspensión de pagos del país en 2002. En caso de un fallo en su contra, el gabinete de CFK tiene dos opciones: Primera, no acatar la sentencia del Supremo estadounidense; segundo, hacerlo, lo que implica sí o sí realizar una quita sustancial, pactada o forzosa, a los bonistas por la sencilla razón de que no tiene fondos para asumir sus obligaciones ni opción de lograrlos. Ello implica hacer default de facto, alternativa más atractiva que el pago para un gobierno terminal y populista con un futuro electoral negro. La necesidad se convierte en virtud.

En este marco político, económico y judicial ha de encuadrarse una cuestión marginal en la tragedia argentina pero importante para España: El principio de acuerdo entre YPF y Repsol para cerrar el litigio abierto tras la incautación de los activos argentinos de la petrolera española. Hace falta realizar un portentoso ejercicio de fe para creer que el Gobierno de Argentina sea capaz de ofrecer garantías ciertas y sólidas para que Repsol pueda hacer líquido de inmediato o en un plazo razonable los 5.000 millones de dólares en concepto de indemnización por la confiscación de YPF. La oferta de bonos argentinos como colateral, calificados de basura por las principales agencias de rating, es una broma. Argentina es undelincuente contumaz. Es rehén de sus actos y carece de credibilidad sin un giro radical en su política y en su modo de actuar, lo que no se logra de la noche a la mañana.

Restaurar la confianza requeriría emprender una política de reducción del binomio gasto-déficit público, endurecer la política monetaria para controlar la inflación, flexibilizar los mercados y crear un marco institucional que garantice el cumplimiento de los contratos y la protección de los derechos de propiedad. Ahora bien, nadie se cree que un Gobierno de las características del argentino, sin posibilidades de sacar adelante la enmienda constitucional para hacer viable la reelección de una Presidente, cuya salud está en entredicho, tenga los incentivos para aplicar una terapia de esa naturaleza. Al contrario, la tentación de radicalizar la retórica y la práctica gubernamental en clave venezolana será considerable para quienes, aquí y ahora, tienen escasas probabilidades, por no decir nulas, de mantenerse en el poder. Por eso, el después de mí, el diluvio puede resultar muy atractivo para la administración de CFK.

Un pronóstico sobre el futuro inmediato de Argentina apunta hacia undefault en 2014. La coyuntura macroeconómica es calamitosa y no existe perspectiva alguna de mejoría en el corto-medio plazo. Es poco probable que la próxima administración mantenga el actual modelo de heterodoxia macro e intervencionismo micro desarrollado por CFK pero, salvo una sorpresa inesperada, habrá que esperar a 2016 para tener un nuevo Gobierno. La esperanza es lo último que se pierde…

 

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